viernes, julio 03, 2009

VELAZQUEZ SIGLO XVII

DIEGO VELAZQUEZ


Diego Rodríguez de Silva y Velázquez conocido como Diego Velázquez, fue un pintor barroco, considerado uno de los máximos exponentes de la pintura española y figura indiscutible de la pintura internacional.
Pasó sus primeros años en Sevilla donde desarrolló un estilo naturista y caravaggista. A los 24 años fue nombrado pintor del rey y 4 años después fue ascendido a pintor de cámara, el cargo más importante entre los pintores del rey. A esta labor dedicó el resto de su vida. Su trabajo consistía en pintar retratos del rey, de su familia, así como otros cuadros para decorar las mansiones reales. Su estilo evolucionó hacia una pintura de gran luminosidad con pinceladas rápidas y sueltas. En esta evolución tuvo mucho que ver el estudio de la colección real de pintura y su primer viaje a Italia donde estudió tanto la pintura antigua como la contemporánea. En su madurez, a partir de 1631, pintó grandes obras como la rendición de Breda.
En su última década su estilo se volvió más esquemático y abocetado alcanzando un dominio extraordinario de la luz. Este periodo se inauguró con el retrato del papa Inocencio X, pintado en su segundo viaje a Italia y a él pertenecen sus dos últimas obras maestras: las meninas y las hilanderas.
Su catálogo consta de 120-125 obras. El reconocimiento como pintor universal se produjo tardíamente hacia 1850. Alcanzó su máxima fama entre 1880 y 1920, coincidiendo con los pintores impresionistas franceses para los que fue un referente. Manet se sintió maravillado con su pintura y lo calificó como pintor de pintores y el más grande pintor que jamás ha existido.
Su estilo pictórico
Velázquez pintaba sus personajes con contornos precisos y destacándolos claramente de los fondos, sus pinceladas eran opacas y empastadas.
En su primer viaje a Italia realizó una radical transformación de su estilo. En este viaje el pintor ensayó nuevas técnicas buscando la luminosidad. Velázquez, que había ido desarrollando su técnica en los años anteriores, concluyó esta transformación a mediados de 1630 donde se considera que encontró su lenguaje pictórico mediante una combinación de pinceladas sueltas de colores transparentes y toques precisos de pigmento para resaltar los detalles.
La preparación de los cuadros cambió y se mantuvo el resto de su vida. Se componía básicamente de blanco de plomo aplicado con espátula, que formaba un fondo de gran luminosidad complementada con pinceladas cada vez más transparentes. En la rendición de Breda y en el retrato ecuestre de Baltasar Carlos, pintados en la década de 1630, concluyó este cambio. El recurso de fondos claros y capas transparentes de color para crear una gran luminosidad eran frecuentes en pintores flamencos e italianos, pero Velázquez desarrolló esta técnica hasta extremos nunca vistos.
Esta evolución se produjo debido al conocimiento de la obra de otros artistas, especialmente la colección real y los cuadros que estudió en Italia. También por su relación directa con otros pintores, Rubens en su visita a Madrid y los que conoció en su primer viaje a Italia. Velázquez desarrolló su propio estilo de pinceladas diluidas y toques rápidos y precisos en los detalles. Estos pequeños detalles tenían mucha importancia en la composición. La evolución de su pintura prosiguió hacia una mayor simplificación y rapidez de ejecución.
Velázquez, no hacía dibujos preparatorios, simplemente hacía un bosquejo de las líneas generales de la composición. En muchas de sus obras sus célebres correcciones se aprecian a simple vista. Los contornos de las figuras se van superponiendo en el cuadro según modificada su posición, añadía o eliminaba elementos. A simple vista se pueden observar muchos de estos ajustes: modificaciones en la posición de las manos, de las mangas, en los cuellos, en los vestidos. Otra costumbre suya era retocar sus obras después de concluidas, en algunos casos estos retoques se produjeron mucho tiempo después.
La paleta de colores que empleaba era muy reducida utilizando en toda su vida los mismos pigmentos. Lo que varió con el tiempo es la forma de mezclarlos y aplicarlos.

Análisis de pinturas

Las Meninas 1656 Óleo sobre tela 318cm x 276cm Museo del Prado, Madrid, España

Obra maestra del artista y uno de los cuadros más famosos de todos los tiempos. Las Meninas presenta varias escenas, todas ellas en perfecta armonía. En el centro está la infanta Margarita, acompañada por sus damas compañía, sus criados, una enana y un niño que juega con un perro. A la izquierda, el autorretrato de Velásquez, en cuyo pecho podemos ver la cruz de la orden de Santiago, incluida en la tela después de su muerte. Los reflejos del rey y la reina surgen en un espejo detrás de la infanta, revelando el trabajo del artista, que es retratar a la casa real. Encima del espejo hay dos cuadros del archivo del palacio; y en el fondo, un hombre entra en escena y hace mover la cortina, dejando entrar la luz en el ambiente y otorgándole luminosidad al cuadro.
Pintada en 1656, con el título de La Familia, la tela fue salvada de un incendio que afectó al castillo real en 1750, y pasó al Museo del Prado, en 1819, recibiendo algunos años más tarde el título de Las Meninas.


La rendición de Breda ó las Lanzas 1635 Óleo sobre tela 310cm x 370cm Museo del Prado, Madrid, España

También en los temas históricos el pintor español demostró ser brillante, como en el caso de este cuadro, igualmente conocido como las lanzas, en virtud de la gran cantidad de armas empuñadas por los soldados. La obra fue concluída 1635 y narra la capitulación de la ciudad holandesa de Breda, que se rindió en 1625, después de un cerco de diez meses impuesto por el ejército español.
La escena representa el conde Justiniano de Nassau reconociendo la supremacía del adversario y entregando las llaves de la ciudad al vencedor, Ambrogio Spínola. La actitud noble de Spínola al posar la mano sobre el hombro del conde Justiniano quedó inmortalizada en la tela, resaltando la profunda sensibilidad del artista, una vez que huye de la alegoría para concentrarse en el drama humano. El pintor se inspiró en grabados y descripciones para componer la escena, pues los dos personajes principales ya estaban muertos cuando elaboró el cuadro, lo que es irónico, considerando la fidelidad de los retratos. Esta pintura formaba parte de una serie de doce obras con temas militares que decoraban el Palacio del Buen Retiro, en Madrid.







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